martes, 1 de octubre de 2013

Un extraño lugar

Acabábamos de mudarnos a uno de esos lugares que parecen el paraíso. Un enorme lago presidía la estampa, rodeado completamente por árboles. En este idílico entorno había algunas pequeñas casas de madera. Una de ellas era nuestro nuevo hogar.

La casa era increíble. No contaba con grandes lujos, pero sí con un gusto especial. Toda de madera, por dentro y por fuera, increíblemente acogedora, con una distribución que permitía que cada habitación tuviera salida directa al exterior. Estas salidas estaban constituidas por unas puertas de vidrio que permitían, junto con los enormes ventanales, ver los mejores amaneceres y atardeceres que podían imaginarse. 

Los primeros días fueron increíbles. Fuimos muy bien recibidos por nuestros vecinos. El lugar era lo más parecido a una sociedad perfecta, fuera del mundo. Todo era compañerismo, las decisiones se tomaban en grupo, había una completa complicidad y confianza entre todos los habitantes del pueblo... La perfecta libertad en el mejor de los marcos posibles.

Pero un día todo cambió. De repente se empezó a oír un ruido ensordecedor y el cielo se oscureció. El paraíso comenzaba a parecerse al infierno mientras desde la casa veíamos miles de aviones de combate surcar los aires. En ese caos, vi a mi hermano entrar en mi habitación, cámara en mano y acercarse a la cristalera para tomar unas fotografías. De repente, un destello desde el cielo y un proyectil explotando justo delante de la casa. ¡Nos habían visto!

Salimos de la habitación para buscar a nuestros padres. No estaban. Fuera tampoco había nadie. Estábamos los dos solos. No teníamos ninguna protección. Y, sin más,mi hermano también había escapado.

¡No podía ser! Estaba solo en ese lugar. Entré en mi habitación y comencé a poner los pocos muebles que había en la casa delante de la puerta de vidrio. Pero era inútil. La casa estaba completamente rodeada de soldados vestidos con uniformes de camuflaje con banderas de los EEUU en la manga derecha. Les oía hablar sobre mí. Era su objetivo. Estaban "limpiando" la zona y yo era la última persona que quedaba. Formaban un cuadrado cada vez más pequeño. Podía notar su presión sobre la casa. El agobio empezaba a pasarme factura. Estaba perdiendo la cabeza. Quería que el acoso terminase. Y, de repente...

... sonó el despertador. Por suerte todo era producto de un mal sueño. Estaba en nuestra nueva casa, el sol comenzaba a salir por el horizonte y la ausencia de persianas y cortinas hacía que fuera imposible evitar su intensa luz. Pero esta tranquilidad pronto se acabó:se empezó a oír un ruido ensordecedor y el cielo se oscureció. El paraíso comenzaba a parecerse al infierno.

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