Cuando era joven disfrutaba a
diario de este placer. En las noches claras, desde este mismo lugar, podía ver
de fondo las montañas con un característico color rojizo provocado por la
refracción en la atmósfera de los rayos de sol, alargando el día en su estertor
previo a la llegada de la noche. El sol empezaba a apagarse, bajando imparable
en su baile con la luna, decidido a atravesar el plano del horizonte hacia su
ocaso. Mientras tanto, la luna subía con calma pero imparable. Acompañando al movimiento
de los astros, cientos de estrellas empezaban a girar como luces de discoteca que
iluminaban la escena mientras el sol y la luna giraban como dos amantes intentando
alcanzarse. El espectáculo era grandioso y te hacía sentir minúsculo cuando se
introducía en tu cabeza la idea de que formas parte de algo tan inmenso como es el universo.
Pero esta noche es
diferente. Cubriendo el cielo, como si quisiera abrazar el atardecer, se
extiende la polución de la ciudad. El sol se ve agonizante, intentando sin
éxito hacerse valer con el vigor de antaño. La luna no se intuye siquiera. Y de
todas las estrellas que se veían hace años, sólo una consigue mantener su
relevancia en el firmamento. Es la única estrella que se ve desde mi ventana. Incluso
ella parece más pequeña, como si hubiera disminuido su magnitud aparente al
alejarse de la Tierra. Pero no es ese el motivo.
Sin embargo, mis ancianos ojos no
ven lo que tienen delante sino lo que vieron en su juventud. La escena sigue
provocándome el mismo síndrome de Stendhal que me paraliza frente al cristal y
esa sensación que me hacía sentir, durante unos instantes, completamente
insignificante.
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Quería pedir comprensión ante la
calidad del relato, puesto que es la primera vez que escribo algo así. Está
inspirado en tres ideas principales: el atardecer que pude disfrutar ayer, el título del blog y esta canción: