viernes, 24 de mayo de 2013

La única estrella que se ve desde mi ventana

Estoy en el piso trece, de pie frente a un gran ventanal. He acudido a la llamada de uno de los atardeceres más espectaculares que pueden verse en esta ciudad.

Cuando era joven disfrutaba a diario de este placer. En las noches claras, desde este mismo lugar, podía ver de fondo las montañas con un característico color rojizo provocado por la refracción en la atmósfera de los rayos de sol, alargando el día en su estertor previo a la llegada de la noche. El sol empezaba a apagarse, bajando imparable en su baile con la luna, decidido a atravesar el plano del horizonte hacia su ocaso. Mientras tanto, la luna subía con calma pero imparable. Acompañando al movimiento de los astros, cientos de estrellas empezaban a girar como luces de discoteca que iluminaban la escena mientras el sol y la luna giraban como dos amantes intentando alcanzarse. El espectáculo era grandioso y te hacía sentir minúsculo cuando se introducía en tu cabeza la idea de que formas parte de algo tan inmenso como es el universo.

Pero esta noche es diferente. Cubriendo el cielo, como si quisiera abrazar el atardecer, se extiende la polución de la ciudad. El sol se ve agonizante, intentando sin éxito hacerse valer con el vigor de antaño. La luna no se intuye siquiera. Y de todas las estrellas que se veían hace años, sólo una consigue mantener su relevancia en el firmamento. Es la única estrella que se ve desde mi ventana. Incluso ella parece más pequeña, como si hubiera disminuido su magnitud aparente al alejarse de la Tierra. Pero no es ese el motivo.

Sin embargo, mis ancianos ojos no ven lo que tienen delante sino lo que vieron en su juventud. La escena sigue provocándome el mismo síndrome de Stendhal que me paraliza frente al cristal y esa sensación que me hacía sentir, durante unos instantes, completamente insignificante.


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Quería pedir comprensión ante la calidad del relato, puesto que es la primera vez que escribo algo así. Está inspirado en tres ideas principales: el atardecer que pude disfrutar ayer, el título del blog y esta canción:

miércoles, 22 de mayo de 2013

El inicio de una nueva andadura

Me presento: mi nombre es Alberto Limón. O, como prefiero firmar mis textos, A. Limón. Hoy cumplo 29 años, lo que significa que mañana inicio mi trigésimo año de vida. No me siento diferente que ayer ni creo que mañana sienta nada distinto a lo que siento hoy. Sin embargo, esta fecha marca un hito, pues supone el inicio de una nueva andadura. 

Como suele pasar en estos casos, me he planteado hacer algo especial para conmemorarlo. Y es que, el tiempo corre inexorablemente y el hecho de que este momento sea irrepetible lo hace realmente especial. La cuestión es que llevo tiempo escribiendo una novela muy personal y he decidido que es el momento de darla a conocer. La sensación ahora mismo es la del náufrago que introduce un mensaje en una botella y la lanza al mar con la incertidumbre de si alguien leerá su contenido. Cada segundo que pasa estaré algo más cerca de saberlo y espero ansioso esa respuesta.

Como todo camino, resulta complicado empezar a recorrerlo, pero por suerte no estaré sólo. Me acompañan en esta aventura dos buenos amigos: S y Carlillos. Ellos publicarán lo que les pase por la cabeza y no siempre tendrá relación con el tema central del blog, pero su apoyo, sin duda, será clave pues me da una seguridad que no tendría por mí mismo.

Bienvenidos, pues, a nuestro blog. Esperemos que no sea oleum et operam perdidi.



A 22/5/13, en Madrid, A.Limón.